Mostrando entradas con la etiqueta José Luis Contreras. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta José Luis Contreras. Mostrar todas las entradas

lunes, 2 de noviembre de 2009

Fiesta en honor a la Santa de la avenida Tacna


El habitante limeño hace un alto a su vertiginosa actividad diaria para visitar
el Santuario de la avenida Tacna y alrededores: la antigua casa y el barrio moderno de Santa Rosa de Lima. Una de las avenidas más convulsionadas de la ciudad se amansa ante su presencia y se ofrece como punto de encuentro para la variopinta asistencia de fieles a esta anual y popular fiesta.

El carro que conduce a la avenida Tacna va inusualmente lleno este domingo. Muchos de sus pasajeros son mujeres, preparadas por lo visto para algo especial, maquilladas y decorosamente vestidas, tres de ellas con niños en brazos. El sol pinta todo lo que toca, y le devuelve el color a lo que bajo el cielo gris de Lima parece haberlo perdido.


El calor humano compite con el calor ambiental del interior del microbús. El carro va lleno, aunque no como un típico transportista de Lima lo entendería: no hay codazos, ni pisotones, ni una voz sargentona diciendo que 'al fondo hay sitio'. Además, las vías están libres, o al menos las que conducen al centro de la ciudad, donde seguramente por ser 30 de agosto acabará la fluidez con la que hasta ahora se avanza.

Y, efectivamente, eso es lo que ocurre. A cuadra y media del puente Prolongación Tacna, un contingente de policías motorizados agita las manos hacia su derecha, indicando que desde ahora el microbús tendrá que seguir su ruta por la también congestionada avenida Abancay.

En seguida, la vieja unidad de la línea 104C se queda casi vacía. El murmullo de los pasajeros indica muy poca sorpresa ante lo que ven, e incluso se puede oír a un niño decir "mamá, ya llegamos". Así es, llegamos a la gran fiesta de Santa Rosa de Lima, cuyo núcleo es la iglesia que lleva el mismo nombre y se erige a media cuadra del final del puente.

El brillo solar revela más expresivos que nunca los rostros de los limeños, tanto que no cuesta adivinar lo que dicen al conversar entre ellos, como aquella señora que indica con la mirada a su esposo no comprar aún los sobres de carta de Santa Rosa, sino "más allacito".

Como orbitando entre los policías, no menos de cinco ambulantes ofrecen sus productos a los recién llegados, quienes tendrán que seguir a pie el recorrido hasta la iglesia que forma parte del Santuario de Santa Rosa. Dos o tres de los comerciantes intervienen a las familias con el brazo extendido y un ramillete de sobres de carta en la mano que llevan impresa la imagen de la Santa del 30 de agosto.

Pulseras, figurillas, medallas, o incluso "conozca su peso al paso" ofrecen los ambulantes, apostados en la berma central y las veredas laterales del puente bloqueado. Según cuenta un vendedor, "el alboroto empezó a las diez de la mañana, como cada año, siempre es así".

Tras el puente, a lo lejos, se divisa una muchedumbre que se extiende hasta la avenida Colmena, varias cuadras más abajo. Se empiezan a oír bombardas, que hacen eco entre los viejos edificios de la avenida Tacna. El estruendo acelera el ritmo cardiaco y hace caminar más rápido a algunos, como obligados a no llegar tarde a una cita importante.

Una señora no menor de sesenta años utliza la fachada de la iglesia para ir escribiendo su carta dirigida a Santa Rosa. A su vez, van apareciendo por la vereda madres y novicias, a quienes no se les ve a menudo por las calles de la convulsionada avenida Tacna, pese a que habitan el Santuario.

Muy cerca de ahí, una rejilla de acero sobrepuesta divide en dos la vereda contigua a la iglesia, canalizando el ingreso al patio exterior de la contrucción. El panel colocado cerca de la entrada ayuda a los visitantes a seguir en procesión la imagen de quien fuera en vida Isabel Flores de Oliva.

Ya adentro del Santuario, repartidos por doquier, los fieles se agrupan conforme a la tradición con la que prefieren cumplir primero. Esta la señora que arroja monedas al techo de un cubículo de vidrio que protege el diminuto recinto en el que, según se dice, Santa Rosa acostumbraba orar. Y hay el padre de familia que, tras una espera aproximada de 40 minutos, recorre impaciente el último tramo de la cola que conduce al popular Pozo de los Deseos.

La hora avanza, se oyen campanilleos que indican el final de la misa celebrada en la capilla y la gente agiliza las manos, escriben sus cartas como pueden y donde pueden. Incluso la espalda de un familiar es adecuado para terminar de plasmar en el papel los deseos que la dueña de casa deberá cumplirles en el transcurso del año siguiente; desde luego, conforme a su fe y a sus buenas obras.

Algunos de los visitantes que abandonan el Santuario no parten sin antes echarle ojo a una habitación, en cuya fachada un letrero marmoleado anuncia "Santa Rosa de Lima nació en este lugar el 30 de abril de 1586". Entre murmullos, miembros de una familia se preguntan si alguna vez el recinto pudo recibir visitas, y no como ahora, que tiene las puertas bloquedas por puestos improvisados de adornitos religiosos.

Ya son las dos con cinco y las sombras de los edificios más altos de la avenida Tacna refrescan el ambiente impregnado de olor a incienso y carne a la parrilla. Poco a poco parece haber más ambulantes que transeúntes, pero la cola que conduce al Pozo sigue creciendo, llegando a bordear ocho cuadras hasta la avenida Chancay, a espaldas del Santuario.

A estas alturas se nota ya el cansancio de los muchos que aún esperan su turno para arrojar su carta al Pozo. Los niños se muestran exhaustos, como aquella que toma las piernas de su padre y se aferra a ellas, apoyada en los empeines para no caminar más. Y no faltan quienes aprovechan de esto para vender espacio en la cola al módico precio de "dos luquitas" si se desea avanzar algo, y hasta cuatro, si se quiere liderar la fila.

Ajenos a ese mundo que suelen ser las colas, varios policías participan de una ceremonia en honor a su patrona. Ellos también cuentan con su imagen santa, muy aparte de la que tiene el Santuario y que seguramente continúa ahora en procesión por el centro de Lima. Su 'Santa Rosa' viene de Radio Patrullas de La Victoria y la han ubicado a escasos metros de su hogar simbólico de la avenida Tacna, en medio de la pista todavía bloqueada.

Los hay de tránsito, a caballo, de explosivos y operaciones especiales. Los policías han tomado el primer segmento de la avenida Tacna para ofrecerle un espectáculo de bandas y compañías de desfile a la Santa. Algunos civiles se integran a ese homenaje y se dan el gusto de apreciar la solemnidad de marchantes en edad escolar y, en especial, el cierre protagonizado por palomas que recuperan desesperadas aquello que simbolizan: la libertad.

Dan las tres de la tarde y el tráfico en la avenida Tacna se restablece. Una vendedora de cartas que camina al costado de la aun extensa cola del Pozo ofrece su mercancía a otra mujer, corpulenta, blancona y con el cabello teñido hecho un moño. "¡Ya estamos grandecitos para eso!", replica y, sin detenerse, agrega "es que Dios está en mi alma", mientras ríe y se aleja ante la mirada perpleja del público y la vendedora.

El movimiento es cada vez menor a las afueras del Convento. A tres cuadras, la 'Santa Rosa' del Santuario visita la Iglesia de Santo Domingo, donde siglos atrás la joven Flores de Oliva se ordenó de dominica. Ahí, la multitud agotada de tanto caminar le sigue los últimos pasos al anda, tras esperar el final de otro homenaje preparado por la comunidad de esa parroquia.

A muchos la hora del almuerzo se les ha pasado de largo y empiezan a codearse entre compañeros y familiares, ya no solo por ver entre el tumulto de cabezas a la Santa, sino para proponer su idea de menú dominical. Es momento de aguzar el olfato y dejarse llevar por la humareda que emana de las parrillas de anticucheras, dispuestas en calles angostas como jr. Ucayali.

El nuevo punto de encuentro es cada callecita o estacionamiento en el que se ofrezca comida criolla, tan típica de la ocasión como lo es el rachi, el choncholí o la 'papa con ají'. Hay, desde luego, quienes prefieren irse al Norky's, Roky's, o alguna otra pollería que, talvez sin quererlo, insinúa tener un solo dueño con la "'s" final que le añade a su nombre.

Pero la tradición se impone. En toda una hilera cubierta de coloridas sombrillas, el comercio fluye entre anticucheras y transeúntes. En delantal y gorrita blancos, ellas toman aire y pronuncian potentemente cada nombre de su oferta culinaria. Compiten, y mucho, pero una vez ganado y despachado el cliente, cuchichean fraternalmente entre ellas "¿cholita, a qué hora te quitas?", "hasta las últimas, negra".

Se han ganado un puesto del jr. Ucayali asociándose y madrugando. Por eso, no extraña que sean tan territoriales. La misma morena enorme que con voz maternal minutos antes te ofrecía "pregunta nomás, amiguito, a sol el panchito", la puedes ver ahora repeliendo a la competencia improvisada que le sale al paso. "¡Fuera de aquí, vienen a malograr el negocio nomás! ¡te estoy advirtiendo, ah!".

Para muchos, el día ha concluido. En un parque aledaño a la iglesia de Santa Rosa, algunos se hacen la "carita pintada", otros pasean en chachicar y hay quienes se refrescan en la pileta. Solo los ambulantes le exprimen todo lo que pueden a los últimos instantes de la festividad.

Pese a tenerlo prohibido, un ambulante se cola en el parque. De inmediato, le caen de todos lados agentes del municipio. No le queda otra, se retira y aguarda a las afueras. Talvez los serenos se descuiden nuevamente y pueda vender más tarde sus adornos junto al resto de vendedores empadronados del parque.

Atardece y el sonido del parque automotor limeño se impone otra vez ante la bullanga ciudadana. La puesta de sol vuelve a ensombrecer el asfalto de las calles, testigo mudo de peregrinaciones, colas, oraciones y ronroneo de viejos microbuses.

Es hora de esconder los rosarios, las figurillas sagradas y las buenas costumbres, porque aquí es muy importante ponerse 'moscas'. Aquí, en una ciudad difícil de habitar, donde la criollada convive paradójicamente con el más intenso fervor religioso.

viernes, 30 de octubre de 2009

La Gaviota que encaró al gavilán

Detalles de la carrera de una ex agente clave en la captura de Abimael Guzmán


Dieciséis años atrás, Cecilia protagonizó, junto al entonces capitán PIP Julio Becerra, el instante más crítico del operativo que los detectives del Grupo Especial de Inteligencia (GEIN) desplegaron para apresar al líder de Sendero Luminoso, Abimael Guzmán Reynoso.


Simulando ser enamorados, Cecilia y Julio aguardaron junto al escondite de Guzmán en un almacén, hasta el instante crucial: el forcejeo con la vigilancia senderista que les permitiera el ingreso a la guarida de su máxima autoridad.


De aproximadamente 1.72 de estatura, cabello corto y tez trigueña, mirada serena y a la vez desafiante, Cecilia Garzón es una persona que odia las injusticias, aunque paradójicamente haya tenido que asimilar muchas. Desde sus desencuentros con “jefes abusivos y mañosos”, hasta la ingratitud del Estado Peruano, que no le ha reconocido hasta hoy, al igual que a los otros GEIN, el sacrificio de haberse expuesto a los excesos de Sendero Luminoso, por la patria.


El encuentro cara a cara con la cúpula senderista le dio a la vida de "Gaviota" -en ese entonces el alias operativo de Cecilia- un giro de 180 grados, aunque no lograra el reconocimiento que se hubiera esperado para quien, junto a sus compañeros, abrió el capítulo final de una intensa lucha contra la más sanguinaria organización terrorista que haya conocido el Perú.


Años de experiencia en el seguimiento de terroristas y una carrera dedicada a la investigación policial han moldeado un carácter sobrio, pragmático y un espíritu profundamente idealista en ella. Es dueña de una larga trayectoria como policía de investigaciones, propietaria de una casa grande y acogedora en Pando –San Miguel – y forma parte de un feliz matrimonio, fruto de horas de trabajo conjunto con Julio Becerra, hoy comandante PNP, durante su labor en el GEIN.


Cuando aún cursaba la secundaria, la hoy suboficial brigadier PNP no imaginó, ni en la más pretenciosa de sus fantasías, formar parte de la hasta entonces Policía de Investigaciones del Perú (PIP), pues según relata, tenía planes de viajar al extranjero y no cumplía con el perfil de un policía.


“Mira, te diré que yo nunca pensé trabajar en la policía. Cuando estaba en la escuela era una chica demasiado tranquila. Soy una persona bien parca, muy poco comunicativa y era introvertida. Llegué a ese colegio porque vivía al frente, en Miraflores. En sí, nunca pensé salir del colegio para postular a la policía, nunca lo pensé. Tenía planes para irme al extranjero, pero las cosas no se dieron”, cuenta Cecilia.


Una de sus compañeras de la secundaria Elvira Rodríguez Lorente, recuerda a una Cecilia sencilla y estudiosa. “Era tranquila, conversaba conmigo, pero yo era la habladora. Siempre supo escuchar. Aunque nunca pensé que se convertiría en policía, porque no era una persona dura y yo veía así a los policías”, cuenta Ruth, también policía, egresada, pocos años antes que Cecilia, de la desaparecida Guardia Civil (GC).


Su carrera, como la de muchos de sus colegas, tomó forma en un contexto de conflicto interno. Si bien la intención de hacer investigación la desarrolló en la escuela PIP de la avenida Aramburú, en San Isidro, las circunstancias en la que en ese entonces se empezaba a hacer carrera en la PIP la alentaron a desenvolverse en un ambiente más activo que en una oficina repleta de documentos.


“Me gustó mucho el riesgo, a mí me encanta la adrenalina. Para mí más importante que la teoría es la práctica. Me gusta la práctica. Puedo estudiar lo básico, pero para mí más es la práctica.” Así define Cecilia las motivaciones que la sacaron del trabajo de oficina al trabajo de calle.


La enérgica Cecilia Garzón quería sentirse de inmediato como policía de investigaciones, trabajar en la calle, donde las emociones son más intensas, según describe. “Yo pienso que cuando uno sale de la escuela tiene que comenzar con lo más fuerte, para que poco a poco vaya avanzando. Y esa era mi meta. Me fui a los Deltas, trabajando en las unidades operativas. No me gustaron las unidades operativas mientras estuve trabajando ahí.”


Durante su permanencia en el grupo Delta 3 –grupo especial contraterrorista- reconoce haber pasado más tiempo en los calabozos, cuidando a cuanto terrorista o delincuente común cayera preso, que sentada frente a un escritorio. “Hice medio año de calabozo cuidando terroristas, cuidando gente: vas aprendiendo su manera de pensar, primero aprendí de los terroristas.”


Cecilia solía conversar con esas personas ya prendió sobre la psicología y mentalidad senderistas. En ese tiempo, aunque no resultó ser el más grato para ella debido a las discrepancias con sus jefes, se intensificó su interés por acabar con el terrorismo y perfiló, tal vez, desde entonces, las herramientas que más tarde tendría que utilizar para anticiparse a los escrupulosos movimientos de Guzmán y su gente.


Fue recién tras el pedido del fallecido coronel Tumba, asesinado por SL, que Cecilia ingresa al GEIN. “Tuve suerte de salir de un sitio del que ya estaba cansada, un cuartucho maloliente, lleno de papeles. Me desesperaba, no era mi lugar. Así que cuando hubo la oportunidad de que me dieran a elegir si me quedaba o irme a la DIRCOTE, preferí irme”, cuenta.


“Me insistían –mis compañeros y superiores- diciendo ‘tú sabes que la DIRCOTE es zona de castigo, están en mucho movimiento por el terrorismo’, y a mí no me importaba. Les decía ‘allá voy a aprender, peor es que me quede, ¿qué puedo aprender acá entre papeles?”, recuerda Cecilia, trayendo a cuento el temor que marcó a toda una generación de agentes PIP, el mismo que invitaba a algunos pocos en vez de rehuir, a enfrentarse a un tipo de criminalidad para el que no habían sido preparados ni en la escuela, ni en ningún otro lado.


Según dice, desde que entró a trabajar a la policía en el año 85, se preparó arduamente para esa tarea, aunque, como ya se mencionó, sin saber que terminaría formando parte de un grupo altamente especializado. “Corría riesgo, pero no me importaba, porque tenía una meta y tenía un objetivo, que era la captura de Abimael”, comenta.


Aun cuando los méritos de los GEIN ya se han hecho públicos a través de algunos medios, como las revistas Caretas y QuéPasa, la misma PNP no ha logrado conciliar sus diferencias internas –lucha de códigos: Guardia Civil (01), PIP (02) y Guardia Republicana (03)- y siguen tratando a Cecilia y sus compañeros con escasa gratitud. “A pesar de que como policías hemos hecho este trabajo, lo que siempre voy a criticar es que no sepan reconocer… desintegraron al GEIN por celos propios”, afirma indignada, Gaviota.


El dinero de recompensa fue insignificante, como Cecilia da fe, pero lo único que la hubiera alegrado es que su institución la ayudara a superar su infertilidad, contra la que hasta ahora sigue luchando. “Todo dediqué por mi trabajo, desperdicié todo mi tiempo en mi trabajo, perdí el momento de ser madre. No tengo hijos por eso.”


Y aunque no se arrepiente de su trabajo, lamenta que al haber querido tener hijos ya no haya podido. “Estuve con el doctor de infertilidad, cuesta caro. Nadie –en la PNP- fue capaz de decir ‘usted tiene tratamiento gratuito hasta que quede embarazada.’ ¿Y de qué me valió todo eso –mi esfuerzo?, porque tengo una casa vacía, no tengo hijos.” No consigue, Cecilia, evitar la amargura en medio de sus palabras.


Le gustan los animales y las plantas. Disfruta de la cocina y limpiar la casa. Hace deporte. “Me ayuda a despejarme”, dice. Pese a haberse habituado a la vida hogareña, prefiere la actividad de su carrera. Ha elegido Palacio de Gobierno para culminar sus obligaciones como policía. Uno de los pocos beneficios que le han reconocido es elegir por el resto de su carrera el lugar en donde desea cumplir con su servicio.

En estos días, en que Sendero Luminoso ha adquirido características distintas a las que ella conoció para atrapar a Guzmán –debido al acercamiento de SL con el narcotráfico- Cecilia no le pierde el rastro y está decidida a prestar sus servicios si se lo piden otra vez. Para ella, lo más importante es impedir que se le haga daño al país y sentir la adrenalina de enfrentarse nuevamente a sus viejos adversarios, a los que ha dedicado su vida a comprender y a combatir.


“Si me dijeran ‘vuelves a ir’, me podría ir a Tingo María y no me importaría, pero tendría que estudiar la zona. Me gustaría ir a trabajar allá”, afirma con absoluta seguridad. “No es justo que nos pueda amedrentar ese tipo de personas, que sigan y quieran seguir haciendo daño”, sentencia.


La vida de Gaviota hoy transcurre apacible, y antes que nada, en espera de que la vida le dé la oportunidad de llenar su espaciosa casa con la sonrisas y alegría de sus propios hijos, quienes sin duda heredarían, más que una casa, una formación rica en valores democráticos y respeto por la vida humana.


¿Congresista? ¿Agregada policial? No lo sabe bien aún, pero ambas opciones están entre sus planes. El futuro de Gaviota quizás nos sorprenda una vez más, como aquel 12 de setiembre, cuando un empujón de puerta, un tiro al aire y las súplicas de un rendido senderista que exigía que acabaran con su vida –ante lo que ella se negó-, dieron paso a la historia de un Perú en paz y, a la vez, enorgullecieron a su institución, a la que, pese a todo, sirve con mucho orgullo y compromiso.


lunes, 26 de octubre de 2009

Algo más que una 'china'

El costo de usar el transporte público en Lima

Por José Luis Contreras Moreno

Solo entre los años 2003 y 2006, según la Policía Nacional, el número de fallecidos a causa de accidentes de tránsito aumentó en casi un 14%. La situación actual del transporte público, como se vive en Lima y provincias, hace pensar que gran parte de esos accidentes tienen mucho que ver con el modo en que se vienen haciendo las cosas desde el Estado para regular este servicio.

Actualmente, según un informe de José Barbero para el Banco Mundial, en Lima existen 500 rutas. Estas son cubiertas por empresas a través de combis, micros y buses. En el mercado, las combis son las que ocupan el primer puesto en cuando a oferta (49%) seguidas por la de microbuses (33%). Desde luego, sin tomar en cuenta el servicio de taxis y el progresivo aumento de mototaxis.

Esto quiere decir que nuestra ciudad cuenta con un número elevado de pequeñas unidades de transporte. Si tomamos en cuenta los casi 8 millones de limeños que somos, ese número de vehículos complica el tránsito de vehículos y hace necesaria la construcción y ampliación de pistas, incluso en donde ya no es posible hacerlas. Todo esto en nombre del libre mercado.

La informalidad hecha empresa

Las empresas de transporte urbano son en gran medida afiliadoras. Esto quiere decir que para construir una de ellas un número de personas se agrupa y, de este modo, obtienen una licencia de ruta. La informalidad dentro de lo formal es lo que más caracteriza a esas empresas, lo que hace de nuestro sistema de transporte un caso muy peculiar. Aquí, empresa no es equivalente necesario de formalidad.

Así lo corrobora el sociólogo y blogger Carlos Reyna Arimborgo en uno de sus artículos para la Web. "El sistema de transporte público que tenemos actualmente en nuestra capital es informal por donde se le mire. Las llamadas "empresas" o comités son informales", señala Reyna. Él menciona además una serie de otros elementos informales, que van desde los horarios de operación hasta el uniforme del chofer.

Sobre los comités que asumen el rol de empresa, Reyna agrega que "su actividad administrativa es muy simple, limitándose a controlar la hora de salida de los vehículos que "trabajan" para él. La actividad más importante es quizás aquella de cobrar su cupo y defender a los operadores de las fechorías que cometen en la calle, tratando de que no paguen sus multas y sigan operando".

Riesgos advertidos

Añadido al tema del exceso de oferta -muy mala, por cierto-, está el de contar con empresas que sirven de respaldo al mal desempeño de los choferes. En estas condiciones, no parece raro que el exceso de velocidad y la imprudencia del conductor figuren entre las principales causas de mortalidad por accidentes de tránsito, según un informe realizado a fines del año pasado por la Oficina de Estadística de la PNP.

Por su parte, la Defensoría del Pueblo en un reciente informe sobre el estadio del servisio de transporte urbano, concluye que "el transporte urbano en la ciudad de Lima es una actividad que se desarrolla en condiciones muy riesgosas y precarias para sus ciudadanos y constituye una fuente significativa de polución ambiental".

La Defensoría, además, hace referencia a la existencia de ciertos "puntos negros" en Lima Metropolitana, que serían los lugares en los que más se producen accidentes de tránsito. Según consta en el informe, auquellos puntos "ya han sido identificados desde el 2006 por el Consejo de Transporte de Lima y Callao... La Municipalidad de Lima tiene pleno conocimiento de su siniestra existencia".

El problema humano

Desde el punto de vista de Baltasar Castro Huamaní, propietario de una custer y miembro de la directiva de la empresa Milenium S.A., parece muy poco sensato darle la contra a ese sistema, aun cuando así se esté apoyando el incremento de accidentes y la contaminación del medio ambiente.

Don Baltasar, natural de la provincia de Canta en Lima, lleva trabajando en el sector transportes cerca de 25 años. Para sostenerse, durante inicios de los años 90, él y su hermano empezaron a trabajar como cobradores con el fin de ahorrar dinero, comprarse un vehículo y hacerse socios de algún gremio. De esta manera, se puede aspirar a formar parte de una empresa de transportes.

"Los directivos sienten que deben insertar a sus empresas en algún gremio, esto porque una empresa independiente no puede con los abusos que comete el Estado con ellos. Por ejemplo, si los sancionan con suspensión, esta empresa no puede enfrentarse, ante un juicio, con los abogados del Estado".

Este chofer descarta que los directivos de las empresas busquen algún tipo de reivindicación para choferes y cobradores, o un incremento económico que beneficie el estado de los vehículos. Al ser consultado por los juicios a los que más teme una empresa de transportes, afirma que "están comúnmente relacionados a infracciones al reglamento de tránsito, y por lo general vinculados al estado de sus unidades".

Juan Tahua Calderón, también chofer de Milenium, dice que no se acostumbra acudir a los paros convocados por el sector transporte ya que las empresas se incorporan a los gremios más que nada por intereses políticos y económicos. "Las empresas nunca pierden, porque siempre van a seguir cobrando la misma suma a pesar de que haya paro o no", cuenta Juan.

Sin reivindicaciones para ellos, ni para el estado de sus vehículos, la crisis del servicio de transporte público en Lima parece estar envuelta en un círculo vicioso del que un chofer de combi o custer solo es la cabeza visible. De la mirada pública se escapan las decenas de empresas que se aprovechan de los altos índices de desempleo para enriquecerse a costa de la seguridad de los ciudadanos y la necesidad de cobradores y choferes.

Trabajo Pendiente

El escenario descrito es sumamente complicado, pero no por ello se ha dejado de buscar soluciones. Un reducido pero decidido número de agrupaciones de la sociedad civil viene realizando cruzadas en pro de la mejora del sistema de transporte. Entre estas iniciativas, figura la cruzada cívica por la educación vial, emprendida por la Defensoría del Pueblo.

Sumando esfuerzos, Luz Ámbar y CIDATT cumplen un rol fundamental en la apuesta por el cambio. La primera, haciendo capacitación, investigación y consultoría en transporte, tránsito, seguridad civil y medio ambiente. La segunda, investigando, capacitando y asistiendo técnicamente para la mejora del transporte terrestre. Lamentablemente, hasta el momento estas dos iniciativas no son debidamente atendidas.

Cabe señalar que para el 47% de los limeños el caos y la mala calidad del transporte público debe ser la prioridad número uno que el Gobierno debería atender, según una encuesta hecha en noviembre del 2008 por el IOP de la PUCP.

La solución de la crisis de nuestro sistema de transporte depende en gran medida de la voluntad de la Municipalidad de Lima por poner orden en casa. Sin embargo, no deja de ser importante la toma de conciencia de todo ciudadano con respecto al desarrollo y aplicación de una cultura de seguridad vial.

Como reza la frase de la Organización Mundial de la Salud para el año 2004: "La Seguridad Vial no es accidental. Es una cuestión de voluntad política y de la sociedad civil". Dejémonos, pues, de accidentes y seamos un poco más conscientes.